9/25/2012

Capítulo 23.

Hay varias formas de desmayarse en esta vida, sin embargo, se cree que las dos más populares son las siguientes: exageradamente dramática o… una real. Como ustedes podrán suponer, la real siempre es la mejor. Tiene sus ventajas, ¿saben? Digamos, si te desmayas realmente, caes sin ningún temor y además, te llevas la atención de los demás, ¿qué mejor que eso? Además de conseguir lo que quieres sin darte cuenta de ello; obviamente hay desventajas, como que te sientes mal y se te baja la presión y, por supuesto, el dolor de cabeza que causa después de despertar de tu pequeño y momentáneo “coma cerebral”.


¿Saben qué tipo de personas puede llegar a tener alguno de esos dos tipos de desmayos?

Alguien como… Gabe.

El grupo de alquimistas tardó en asimilar la situación y es que, ¿cómo querían que no les costara hacerlo, si era su directora de la que les estaban hablando? ¿La señora en la que muchos de ellos habían confiado años de alquimismo en ella? ¿En la que, Gabe, por ejemplo, había llegado a sentir como si fuese su segunda madre? Era algo duro de tragar y esa es la razón por la cual Gabe se encontraba desmayado en un sillón de la casa del hijo de Robert, mientras que los demás trataban de acoplarse a la gran sala del hombre que los miraba con hostilidad y desagrado.

Sí, bueno, no es como si ellos lo estuvieran observando con pura dulzura y amor repentino, pues todos se sentían igual que él: asustados, sorprendidos, enojados y hasta frustrados.

Claro, la diferencia era que ellos no estaban siendo invadidos por unos jóvenes rufianes —como los estaba llamando Guillermo en su mente—, de los que nunca había oído hablar. ¡Ah y si querían rematar las cosas, uno de ellos tenía pinta de ser gay!

Su vida no podía ser mejor.

—Disculpe, señor… —comenzó Caleb para aligerar la situación. Sabía que no era nada bueno empezar de la forma en que comenzaron, con Gabe desmayándose en media entrada y con Guillermo sintiéndose obligado a hacerlo entrar en su casa, para no causar ningún embrollo… Era mejor retroceder un poco.

—Guillermo —dijo el hombre negro que los recibió. Quería echarlos de su casa, pero su esposa estaba ahí y como era tan amable y sociable los había hecho pasar y hasta les estaba ofreciendo té.

La amaba por ser una gran ama de casa, pero en ese momento, deseaba ahorcarla.

No literalmente, claro.

—Guillermo… —Caleb se acomodó un poco en su asiento; estaba realmente nervioso—. Sé que esto es algo inesperado y que ya debe estar harto de este tema, sin embargo, tenemos unas cuantas cosas que explicarle.

Él se encogió de hombros, cruzando sus brazos en forma protectora. De un momento a otro, ya estaba sentado al lado del pie de Gabe, esperando por una explicación creíble.

—Adelante.

Caleb abrió la boca para hablar, pero cuando oyó una voz hablar, se dio cuenta de que no era la suya.

—Primero que nada, no somos Renewed —intervino Jeremy con un tono que daba a entender que era un idiota—, somos alquimistas. A-l-q-u-i-m-i-s-t-a-s, ¿entiende? Es realmente diferente a un Renewed. Primero, nosotros somos mucho más sexys que esos viejos pedófilos, ¿sabe?

—¡Gabe! —gritó Raúl, exasperado. Esto no iba nada bien.

—¿Qué? Sabes que es la verdad. Una vez uno de ellos acorraló a Caroline, ¿la recuerdas? ¡Casi la viola! Y no bromeo. —su semblante era serio—Además, somos mucho más nobles y no jugamos sucios. ¿Ve a mi amigo ahí desmayado?

Guillermo alzó una ceja escépticamente, diciéndole con la mirada que era obvio que ya lo había visto. Él mismo lo había cargado hasta el sillón.

—Sí, bueno, ellos son los culpables de que tenga el brazo hecho mierda, ¡casi lo matan! Y, ¡a ella! —dijo, señalando a April. Ella escondió el rostro en el hombro de Caleb, con pena. Dios, lo iba a matar cuando terminara.

—¡Uno de ellos la acosa! ¡La persigue todas las noches! ¡La mira con lujuria y deseo sin que nadie se dé cuenta hasta que Caleb viene y le pega unos cuantos puñetazos en los huev…!

—¡Jeremy, cállate de una jodida vez y NO digas más! —le riñó Caleb, realmente enfadado. ¿Por qué sus amigos no podían ser normales?

Cuando los conoció, lo parecían.

—Lo que mi estúpido gemelo quería decir es que para nosotros es un poco ofensivo que nos haya confundido justamente con nuestros enemigos, quienes nos han lastimado y hasta encrucijado por muchos años —dijo Joseph con una sonrisa tranquilizadora y encantadora que muy pocos lograban tener. Tenía ese poder de encantar tanto a hombres como a mujeres y Guillermo era el vivo ejemplo, quien se relajó un poco más al ver la sonrisa del chico.

Sí, sin duda tenía un don y se enorgullecía de ello.

—La situación no es solo esa, —dijo Raúl, calmadamente— sino que también vinimos hasta aquí, pues estábamos seguros de que usted, señor, tenía la piedra filosofal…

Guillermo asintió quedamente.

—La tenía, ya se los dije.

—Pero, ¿por qué regalarla? ¿Darla? ¿Venderla? —preguntó April con exasperación. Ya no encontraba el sentido a nada.

Guillermo suspiró.

—Yo era joven, deben entenderlo… Tenía 15 años y todo esto pasó hace 18… —comenzó a explicar, casi disgustadamente. Pareciera que el recuerdo lo atormentaba—. Yo estaba sentado en la calle, mirando la gente pasar, pues estaba castigado gracias a mi hermosa madre. No entendía el por qué o cómo había acabado allí, pero la cosa es que ya estaba en ese lugar, viendo todo lo que sucedía a mi alrededor. El ambiente era tranquilo, no mucha gente hablaba y yo aproveché esos momentos para pensar y reflexionar, hasta que oí unos cuantos balazos y jadeos irreconocibles. Un poco de sangre se esparcía a través de la calle y mis ojos se abrieron considerablemente, pues ya podrán imaginarse la sorpresa de un muchacho de 15 años, quien con costos había visto la sangre de su rodilla al caerse de su bicicleta.

Colocó sus manos entre sus rodillas, agachando su cabeza. Pronto, sintió la mano de alguien en su hombro y no tenía ni siquiera que alzar la vista para saber que su esposa estaba escuchando la historia de nuevo, acompañándole en aquel enredo que había estado pasando sus últimos años.

 —Yo estaba paralizado, no sabía qué hacer y me quede analizando la sangre que recorría el asfalto, siguiendo su recorrido hasta llegar a un hombre acostado boca arriba, el cual jadeaba por aire. Me acerqué como cualquier pequeñajo curioso y a centímetros de él, algo me detuvo. Fue un destello, algo rojo que no era sangre, parecido a un hermoso rubí mezclado con la sangre del pobre hombre, quien se encontraba llamándome y diciendo “muchacho, ven acá” Sin pensarlo, fui hasta él, para encontrar una mirada llena de amor, un amor que no iba dirigido a mí, sino a alguien más y no pude evitar pensar que si ese hombre moría allí, la persona para la cual ese amor estuviese dirigido se sentiría realmente desdichada por saber que no volvería a observar unos ojos que la miraran tan amorosamente como los de ese señor…

Una pequeña lágrima bajó por su mejilla.

—Recuerdo sus ojos, son ojos que me atormentan casi todas las noches. Unos ojos verdes, tan verdes casi como los tuyos, chica —dijo, señalando a April, quien escuchaba la historia con un nudo en la garganta. Todo se le hacía demasiado conocido—. Ahora que lo pienso… son iguales a los tuyos.

Una sonrisa corta cruzó por sus labios.

—Sus palabras fueron claras como el agua, rápidas como si temiera que no alcanzara el tiempo. Me dijo “muchacho, llévate esa piedra. Llévatela y haz que esté segura, que sea mejor para todos. Los alquimistas… ellos sabrán qué hacer. Tan solo no se la des a ella, ella no debe… tan solo no debe tenerlo” Su aliento se agotaba, nunca se va de mi mente la forma en que sus ojos se tornaron acuosos y su mirada pasó de ser amorosa a triste y llena de nostalgia “Si las llegas a conocer” me dijo “si algún día llegas a verlas, diles que las amo y que jamás quise dejarlas así… Jamás lo quise hacer”.

Más lágrimas cayeron de sus ojos.

—“¿Quiénes son ellas? ¿Cómo las conoceré?” le pregunté. Él me miró a los ojos de una manera tan indescriptible que casi me hizo llorar allí mismo “El amor de mi vida. Eso son ellas, el amor de mi vida entera… Sabrás quienes son, tú lo sabrás…” y sin dejarme nada más, se fue. Murió y todo frente a mis ojos… —meneó la cabeza tristemente—. Me dio rabia que no me dijera un nombre específico o algo, pues yo sabía que nunca lograría estar seguro de a quién tenía que decirle estas palabras, lo sabía perfectamente.

Su mirada subió rápidamente a los ojos verdes y fijos de April, quien dejaba correr sus lágrimas sin pena ni temor.

—Sé que puedo morir en paz ahora, porque por lo menos, di el mensaje a la persona correcta.

April le sonrío temblorosamente, sabiendo que era su padre de quién hablaba. Había oído miles de veces esa misma historia, de cómo su papá querido había muerto bajo manos de unos maleantes que le querían robar dinero, apuñalándolo en su estómago y haciéndole morir. La cosa es que, no era dinero lo que buscaban, sino la piedra y al parecer, no habían sido maleantes, sino Renewed. La furia que la embargó fue indescriptible, sin embargo, supo disimularla un poco.

Todos se miraron extrañados entre sí pues no entendían de quién hablaba Guillermo, mas sin embargo, él no los dejó pensar mucho.

—En fin, tomé la piedra con mucho cuidado y le quité el poco de sangre que tenía, mientras que a los pocos segundos salí corriendo de allí, pues alguien venía a llevarse a ese señor tan extraño… Mis pies me llevaron inconscientemente a mi casa, donde mi madre me esperaba con ceño fruncido y mi padre leía el periódico tranquilamente. Inmediatamente y sin pensarlo, le di la piedra a mi padre y le expliqué la situación, saltándome algunos diálogos para guardármelos para mí mismo. Él la observó sin mucha curiosidad, sin embargo, en unos segundos, sus ojos se abrieron de tal manera que nadie me creería si se los demostrara. Me tomó en brazos y me abrazó fuertemente, sonriendo como loco y gritando “¡La hemos encontrado, por fin, la hemos encontrado!” Y yo no puedo describir la forma en que mi corazón latía, ya que yo sabía que esa piedra no debía ser para él.

Gabe abrió un ojo disimuladamente para que nadie lo viera. Quería observar la cara de Guillermo, pues todo le parecía jodidamente surreal; cuando vio su rostro, el cual estaba tornado en una mueca de dolor, volvió a cerrar su ojo tranquilamente, volviendo a hacerse pasar por “desmayado”. Realmente nunca se había desmayado de verdad, lo único que había hecho fue dejarse caer de espaldas en el suelo, para poder entrar en la casa. Cuando vio que no había forma de que ese hombre les explicara más, dejó que su cuerpo se dejara llevar y se llevó el peor golpe de cabeza de la vida, sin embargo, le habían creído y eso que hasta había puesto una mano en su cabeza con gran exageración.

Que tontos habían sido.

Lo bueno es que, su pequeño truco les había servido a todos hasta el momento y por eso quería sacar el pecho como un padre orgulloso de su hijo. Sabía que había hecho bien y por sobretodo, estaba casi seguro de que todos sus amigos se habían dado cuenta de que su desmayo había sido un verdadero fraude.

Todos menos Guillermo y su esposa, que se lo habían tragado completito.

—Llamó a sus socios, les explicaba con gran excitación cómo su gran hijo había encontrado el gran objetivo de sus vidas… la piedra filosofal. Yo no sabía nada de ella ni entendía de qué hablaba él, hasta que se decidió y me contó todo. Los Renewed, su trabajo, los alquimistas, todo. Yo estaba tan sorprendido que me quedé en shock. Mi padre al notar mi silencio, lo tomó como si lo aprobara y sonrío, diciéndome que algún día sería como ellos… Y eso era algo que yo no quería.

—¿Y qué hizo, entonces? —preguntó Caleb, encismado con toda la historia.

—Hice lo que el hombre de ojos verdes me dijo, ir hacia los alquimistas. —su cabeza se alzó hasta el techo como si tratara de recordar—. Llegué y un señor alargado y con porte elegante me atendió con una mirada llena de desdén… Alonso, creo que se llamaba, no recuerdo ya. Me dejó entrar, aunque no de mucha gana y al hacerlo, me quedé maravillado con la estructura y la decoración de la hermosa Academia. Justo en ese momento, una mujer de moño alto, muy hermosa y cabello negro me sonrío curiosamente, preguntándome qué hacía allí. Yo, con un poco de timidez, le pregunté quién era, pues no sabía si podía ayudarme… Ella me dijo que era la directora y sólo con eso, me hizo soltar todo. Hablaba y hablaba, yo no paraba de hablar. Le conté absolutamente todo, desde cómo había llegado allí, hasta la razón de ello. Después, le entregué la piedra y su cara… Ustedes tuvieron que haber visto su rostro, su gesto de ambición, de casi locura infinita. Juro que me iba a dar un beso, sin embargo, me fui corriendo, no queriendo saber nada más de ese tema.

—Claramente no fue así —intervino su esposa, una mujer morena de cabellos rizados y color chocolate, quien les sonrío con amabilidad. Fue la mejor amiga de la niñez de Guillermo y sabía cada detalle de la historia, pues prácticamente la había vivido con él—, llegaban a visitarlo. Su padre —mi suegro—, se enojó con él de sobremanera y los Renewed siempre lo molestan, alegando que él tiene la piedra y que los ha engañado a todos, pero eso lo hacen sólo porque él nunca les dice lo que hizo en verdad. Dárselo a la señora esa…

—Pero, si usted se lo dio a la directora, nada tiene lógica, entonces… —dijo April, confusa.

—¿A qué te refieres? —le preguntó Guillermo, preocupado.

—Mire, el propósito de la alquimia, de la Academia, es encontrar la piedra, así que… Si ya la encontraron, ¿por qué no decirnos nada? ¿Por qué no anunciarlo a los 4 vientos? Todo sería mejor, ¿no lo cree?

—Aish, es obvio. La directora es una bruja y la quiere para ella sola, no hay mucho que explicar —intervino Gabe, quien ya no soportaba quedarse callado. Todo se le hacía de lo más simple. La directora era una perra egoísta y se lo llevaba todo para ella.

Todos en la habitación lo vieron con ceño fruncido, pues se suponía que se encontraba “gravemente inconsciente”, sin embargo, su atención se dirigió más a lo que el chico había dicho.

Realmente calzaba.

De pronto, todos se sintieron realmente estúpidos. ¿Cómo habían sido tan ciegos? Siempre yendo detrás de los “malos” cuando realmente la que tenía lo que necesitaban era ella. La directora. Estaba en sus narices, justo al frente de ellos y nunca lograron captar nada, ni un rastro de maldad o un poco de indiscreción. Nada. Y tal vez todos los profesores estaban con ella. ¿Era por eso que Darwin y Charles los perseguían? ¿Por qué sabían que se darían cuenta? ¿Es que acaso todo era un complot o algo así? Porque estaba claro que a los alumnos de la Academia no les decían absolutamente nada, pero ahora que lo sabían, tenían algo en claro.

Y era que se tenían que ir de allí, inmediatamente.

Como si lo hubiesen pensado todo al mismo tiempo, se levantaron en un mini-segundo. Se voltearon a ver entre sí, divertidos, y luego pusieron toda su atención en Guillermo.

—Le agradecemos muchísimo todo lo que nos contó y explico, Guillermo. —dijo April con toda cordialidad. Después de haber oído lo que había dicho de su padre no  podía sentir menos que cariño por ese desconocido.

—Ha sido todo un placer, señorita —le respondió él, tomando su mano y besando sus nudillos con galantería. Ella sonrío.

—Prometemos mantenerle al tanto de todo —prometió con firmeza. Él le devolvió la sonrisa.

—Estoy seguro de que así será.

—Muy bien, si no hay nada más que hacer o explicar, es mejor irnos de una vez… Tenemos un camino largo que recorrer —dijo Raúl, gentilmente. Todos asintieron y Guillermo, captando la indirecta, los llevó hasta la puerta junto con su esposa.

Abriéndola, Stephanie —la esposa de Guillermo—, les sonrío a todos y apoyó su cabeza en el hombro de su esposo.

—Realmente les deseo mucha suerte.

—¡Gracias! —gritaron todos al unísono mientras salían de la casa para llevarse de bruces con el sol enardecedor del día. Tuvieron que entrecerrar los ojos para no quedarse ciegos, ¡vaya que brillaba hoy!

Se dirigieron en fila hasta el auto, sin embargo, se detuvieron cuando oyeron…

—¡Perro de mierda! —le gritó Jeremy a un perro, indignado. Un lindo canino con pelaje sedoso y de color beige le dio una mirada inocente, sacando su lengua con diversión incrustada. Era de raza Golden y Jeremy le miro con un disgusto indescriptible.

—¿Sabes que estos son mis pantalones favoritos? ¡Seguramente sí lo haces, porque te orinaste justamente hoy, en ellos! ¿No podrías haberte orinado en… no lo sé, los que andaban ayer? ¡Dios, esos eran andrajosos y horrendos! Pero no… Tuviste que orinarte en mis jodidos pantalones favoritos.

El perro parecía burlarse de él. Daba vueltas a su alrededor y casi le sonreía con sarna. Jeremy le sacó la lengua y todos por fin se rieron a carcajadas.

—Idiotas… —murmuró Jeremy, enfadado con ellos por reírse.

—¿De dónde rayos salió ese perro? —preguntó Joseph entre risas. No podía contenerse.

—¿Y me lo preguntas a mí, que fui el orinado? Malditos perros que caen del bendito cielo…

Hablando de cielo… Algo se oía en él. Había como un chirrido, más bien, algo más suave, un sonidito molesto, que se volvía cada vez más ruidoso. El grupo de alquimistas miró hacia el cielo, donde se venía acercando una mancha negra.

—¿Qué rayos es eso? —preguntó Caleb.

—¿Será un ave? —dijo Raúl, bromeando un poco.

—¿¡Acaso no es un avión!?

—¡No, Caleb! ¡Es Superman! —terminó Raúl, volviendo a reírse como loco, igual que Caleb. 
April rodó sus ojos, casi como todos los demás.

La cosa es que no era ningún Superman o un ave. Más bien, estuvieron más cerca de acertar con “el avión” pues lo que se avecinaba era un helicóptero. Pronto, estaba tan cerca de ellos que ya tocaba suelo. Fruncieron el ceño, extrañados, hasta que le perro los distrajo.

Sintieron como algo los halaba hasta el piso, haciéndolos caer en el asfalto de una forma brusca y casi dejándolos sin aire. Pronto, fueron jalados hasta el helicóptero y no podían ver bien quiénes los llevaban hasta tal lugar tan raro…

Pero claro, eran Darwin y Charles.

April quería gritar para que los ayudaran, Gabe quería desmayarse otra vez, Raúl y Caleb deseaban pegarles unos buenos puñetazos y bueno… Jeremy y Joseph solo querían bajarse porque les daban pánico las alturas.

Todo era una mierda para ellos.

Jeremy giró su cabeza para ver como cerraban la puerta del bicho gigante que era su transporte y además, observó con terror, como el adorable perro estaba casi a su lado, viéndolo con una mirada  que para él solo decía: Te gané, estúpido.

Ese perro se la tenía jurada.

Pronto, April recuperó el aire y pudo comenzar a gritar, mas Darwin se ocupó de callarla y mantenerla tranquila.

—¡Shh! ¡No hagan ruido! ¡No somos malos! —les juró Charles, exasperado. Ya estaba cansado de tanto drama— ¡Miren, si quieren podemos soltarlos!

Y con una señal, Darwin comenzó a soltar a todos uno por uno. De alguna extraña y mundana forma, el perro los había enroscado a todos en una cuerda, haciéndolos caer y trayéndoselos consigo.

Como seguía repitiendo Jeremy, maldito perro.

Ya sueltitos y coleando, Caleb atrajo a April consigo y no la soltó, pues no les daba confianza esos tipos.

—A ver, no les haremos nada malo, es en serio —les dijo Darwin, muy seguro de ello.

—¿En serio? Y entonces, explíquenme, ¿por qué nos persiguieron, balearon, etc, etc? —Caleb los observó con el ceño fruncido.

—¡Porque necesitábamos que volvieran! ¡Pero ustedes muchachos testarudos no quisieron hacernos caso y decidieron irse por su propia cuenta! —Charles estaba casi haciéndoles un puchero. La mayoría quería reír.

—¡Yo lo oí a usted hablando con Robert! ¡Usted es malo y está con la directora! —acusó April a Darwin. Él abrió los ojos, sorprendido.

—¿¡Saben lo de la directora!?

Rodó los ojos.

—Acabamos de enterarnos… ¡Pero no lo has negado, sabes que estás del lado de ellos! ¡Ambos lo están y ustedes se hacían pasar por “somos amigos de tu padre” para pasar desapercibidos! Agh…

—Pero, ¿qué dices, muchacha? Nada de eso es como ustedes creen… —Darwin frunció el ceño.

—Entonces, ¿cómo es?

—Si me dejaras hablar, podría explicarte…

Inmediatamente, April se calló.

—Verán… —comenzó Darwin, muy centrado—. Hace años, Charles y yo hemos venido siguiendo los pasos de la directora… Ella siempre ha sido muy buena con nosotros, sin embargo, tu padre, querida, no le tenía muy buena espina… Antes de morir, nos había advertido sobre ella, que le mantuviéramos cuidado, que no la dejáramos acercarse mucho y así fue. Por años, la hemos visto, seguido, de todo… Hasta que por fin, la hemos alcanzado. Todo es un pequeño embrollo, pero se desenreda cuando se analiza bien.

—Pues… analízalo por nosotros porque yo no doy ni una —se quejó Joseph, que ya se sentía mareado.

—Es fácil, la directora tiene la piedra, ¿vale? La piedra requiere 20 años de tratamiento, 15 o un poco más si se trata día a día. La directora la ha conseguido y hoy, justamente hoy, el sol y la luna se juntaran, creando un eclipse... Pero no cualquier eclipse, el eclipse tendrá estrellas y ese es el problema. No es un eclipse normal, es un eclipse alquimista. En él, la piedra será por fin formada y tendrá el poder que todos esperamos. El de la vida eterna…

—¿Y el de convertir objetos en oro?

—¡Ah, ese es diferente! —Intervino Charles— Ese se trata en un mínimo de 10 años, por lo que esa es la razón por la cual la directora está podrida en dinero… Sin embargo, tiene una desventaja que creemos que ella no sabe, es la de…

—¡Ah, jodido perro, ni se te ocurra volverte a orinar en mí! ¿Qué me ves, cara de orinal? —Jeremy se quejó, viendo al perro con odio.

Todos rodaron sus ojos.

—Volviendo al tema, April. La directora tiene la piedra y creemos que la trata en su oficina, junto con Ronald. Y sí, no me hagas esa cara de sorprendida, él los envío aquí a propósito, él sabía que tú habías escuchado mi conversación con Robert y te mandó hasta aquí, cosa de la que nos dimos cuenta hasta tarde —se encogió de hombros—, por lo menos no fue muy tarde. Y quiero dejar en claro que si hablé con Robert fue porque estaba investigando a la directora; hace años que me he infiltrado con ellos, pues creemos que se han unido… ¡Oh y claro, el detalle más importante, ella tiene un romance con Ronald! No sabemos hace cuanto… Nos tememos algo un poco peor, que no sabemos si te va a sentar muy bien…

Ella tomó aire, no sabía tampoco si lo tomaría muy bien. Pronto, sintió como el agarre de Caleb se apretaba más y sintió que podía afrontar cualquier cosa.

—Suéltelo.

—Muy bien… Am… Sabes que Ronald era amigo de tu padre, ¿no es así?

Ella asintió lentamente.

—Él está involucrado con Magdalena desde hace mucho… Creemos que desde antes que tu padre muriera, así que… Podría ser que él, por avaricia y porque estamos casi seguros que tu padre había conseguido la piedra, ayudó a que lo mataran.

Silencio… todo se silenció de un pronto a otro, casi dejando que los latidos de su corazón se escucharan. Un nudo se formó en la garganta de April, haciéndola querer gritar. Sintió enfado, odio, se sintió traicionada, se sintió… desolada, porque ella sabía que si eso no hubiese pasado, tendría a su amado padre, a su adorado y querido padre con ella.

Y eso nadie lo cambiaría.

Caleb le dio un beso en la coronilla, pues sentía cada movimiento de April, cada tendón enfureciéndose, cada parte de su mandíbula apretándose, cada nervio de su cuerpo encontrando una forma de hacerle sentir como ella se sentía.

Con odio.

No podía entenderlo, ¿cómo una persona podía ser capaz de traicionar a alguien así? ¿De una manera tan horrible y atroz? ¿Llegando al punto de asesinarla? ¿¡Y todo por una piedra, por una jodida cosa que no sabían si siquiera llegaría a funcionar!? ¿¡Todo para que su padre perdiera la vida!?

Para que sufriera algo que él no tuvo que haber sufrido.

Lo podía imaginar, podía imaginar la escena entera… Como Ronald llegaba y le hablaba de lo más normal, su padre confiando en él y bromeando, cuando de pronto, le decía la verdad y Ronald aprovechaba para hacer lo que tanto deseaba.

Matarlo hasta que quedara desangrado.

Se imaginaba que su padre había querido correr, pero en algún momento lo alcanzó y su vida hasta ahí llego.

¿Por qué hacer algo así? ¿A alguien como su padre, bueno, humilde, amoroso, con una familia?

Con su familia. Con su madre. Con ella. ¿Por qué, por qué, por qué?

No tenía respuestas a nada y se sentía debilitar, quería irse de allí, escapar, no volver a ver a ese maldito nunca más, sin embargo, sus pensamientos fueron interrumpidos por su celular, que de alguna extraña forma funcionaba en el helicóptero.

Ya sabía quién era.

—Hola Scar, no puedo…

—¡April! ¿Dónde rayos te has metido, corazón de melón mío? ¡¿No me has hablado en… qué!? ¿¡Dos o tres días!? ¡Pareciera que no habías dormido conmigo el lunes en la noche! Con lo bien que la pasamos… Las fresas, el chocolate… ¡Gritaste y todo! Y ahora ni te dignas a llamarme…

April rió un poco. Scarlet siempre la hacía reír.

—Scar, prometo llamarte en cuanto antes, en serio… Estoy un poco ocupada.

—Oh… ¿ocupada? —inmediatamente captó lo que le decía—. Mmm… alquimistas, ¿eh? Son necios. Ya te dejo, no quiero interrumpir con tu ardua labor de coquetear con un sexy chiquillo y sus hermanos y primos y… ya sabes.

Ahora logró hacerla carcajear.

—Si no te callas, no te llevare al hermano con el llavero…

—¡Entonces sí tiene hermano!

—Sí, Scar…

—Bien, puedo morir en paz. Ya, ya, vete. Me quitas de mi tiempo…

April sonrío todavía más.

—Está bien, linda. Te amo, adiós.

—By-bye…

Y colgaron.

April suspiró con nostalgia. Realmente la extrañaba y…

Y sintió todas las miradas sobre ellas, burlonas.

Mierda, había dejado el altavoz prendido…

Los observó tímidamente y se encogió de hombros.

—Ella es la luz de mi día.

Caleb le dio un tierno beso en la mejilla.

—Y me alegro por eso, no sabes cuánto.

Aunque había tratado de contenerse, una lágrima rodó por su rostro, pues había aguardado su salida de hacía rato…

April no tenía nada claro con respecto a su padre, sin embargo, había algo de lo que estaba realmente segura.

Cobraría la vida de su papá, costara lo que costara.

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